Se supone que iba a ser una fiesta normal, pero de repente, la charla subida de tono se transformó en concurso de besos, luego en retos más atrevidos: aquel cogiendo con aquella, aquella con aquella y aquellos con aquel. Terminó en una orgía de veinte personas donde ninguno de los agujeros de los participantes quedó sin ser profanado de un modo u otro. Al final, la gente empezó a vestirse, a buscar otra cerveza, a abrir las ventanas para aliviar el aire viciado; algunos a platicar en algún rincón. Fernando, el anfitrión de la fiesta, aún sin creer lo que había sucedido, fue al baño. La luz estaba encendida, tocó y nadie respondió. Así que abrió. Sentado sobre la taza, fumando, estaba un ser exacto a un diablito de lotería, pero verde como un chile serrano. Colgado sobre el toallero estaba un traje como de buzo, aunque más bien se podría decir que era un disfraz de persona. De hecho, un disfraz de la chica que había venido a la fiesta y nadie conocía. El demonio le guiñó un ojo y sonrió.

Fernando corrió a la sala y sus gritos se mezclaron con los gritos que se escuchaban ahí. Cuando encontró a sus amigos, estaban todos tumbados sobre el piso o los muebles, con sus vientres abultados, verdosos. Gritaban desaforadamente. Él también empezó a sentir cómo su vientre se abultaba mientras que a los demás sus estómagos se reventaban y emergían pequeños diablitos verdes.