– ¡Que pase la quinceañera! – exclamó el maestro de ceremonias.
La pista empezó a llenarse de niebla artificial, luces y el vals. Pero ella no aparecía.
Salió del baño la mamá, toda apenada, sosteniendo un brazo arrancado, goteando sangre sobre el piso, ante la mirada horrorizada de los invitados a la fiesta.
–Disculpen, qué pena con ustedes, pero aún no terminamos de coserla.
