
Los aldeanos lo rodearon. Intentó defenderse pero terminó encadenado. La muchedumbre le gritaba:
— ¡Se orinó en mis geranios!
— ¡Se comió mi tarea!
— ¡Preñó a mi perra!
Lo llevaron al veterinario, donde lo castraron, lo vacunaron, desparasitaron y dieron en adopción a una familia que lo llamó Manchas. Nunca volvió a ser humano y siguió orinándose en los geranios de los vecinos.