
Y de pronto, el taquero se vio rodeado por todos los fantasmas enfurecidos de los perros que había vendido como pastor, bistec y cabeza, con o sin todo, para llevar o para aquí; con salsita de la que pica o de la que no pica.
El gabinete del Doctor Cumbión
Cuentos, historietas y otras ocurrencias de Ignacio Sánchez Rolón

Y de pronto, el taquero se vio rodeado por todos los fantasmas enfurecidos de los perros que había vendido como pastor, bistec y cabeza, con o sin todo, para llevar o para aquí; con salsita de la que pica o de la que no pica.
¿Qué será esa figura siniestra que va acercándose lentamente? ¿Será efectivamente un monstruo o uno de esos horrores de mi mente que acechan mis noches?
– ¡Es un monstruo de verdad, tarado! – dijo el demonio imaginario que vivía todo el tiempo en mi espalda– ¡Corre o acaba con los dos!
— Preparé esas enchiladas que siempre te gustaron— dijo al retrato sobre la mesa—. Puse la canción que sonó cuando nos casamos. Ojalá estuvieras aquí.
– Siempre he estado aquí — se escuchó.
Alzó la vista y ahí estaba, tal como cuando lo encontró aquel día: colgando del techo.


Los aldeanos lo rodearon. Intentó defenderse pero terminó encadenado. La muchedumbre le gritaba:
— ¡Se orinó en mis geranios!
— ¡Se comió mi tarea!
— ¡Preñó a mi perra!
Lo llevaron al veterinario, donde lo castraron, lo vacunaron, desparasitaron y dieron en adopción a una familia que lo llamó Manchas. Nunca volvió a ser humano y siguió orinándose en los geranios de los vecinos.

– Entonces wey, ¿jalas o te pandeas?
– No mames, Jacinto. Dos alacranes metiéndose a una casa es un cliché que refuerza los prejuicios y supersticiones en torno a nuestra especie.
– No le saques, a los humanos les fascina descubrir que tienen más de uno en su casa.
– Órale pues.
–Pero, ¿CUÁNTAS veces les voy a tener que decir que no diseccionen humanos dentro de la nave? ¡¿Creen que estoy nomás para limpiar el tiradero que dejan?! ¡Vayan y tiren esos cadáveres! Y pobres de ustedes si encuentro un ojo humano en mi refrigerador.
– ¡Que pase la quinceañera! – exclamó el maestro de ceremonias.
La pista empezó a llenarse de niebla artificial, luces y el vals. Pero ella no aparecía.
Salió del baño la mamá, toda apenada, sosteniendo un brazo arrancado, goteando sangre sobre el piso, ante la mirada horrorizada de los invitados a la fiesta.
–Disculpen, qué pena con ustedes, pero aún no terminamos de coserla.

Se supone que iba a ser una fiesta normal, pero de repente, la charla subida de tono se transformó en concurso de besos, luego en retos más atrevidos: aquel cogiendo con aquella, aquella con aquella y aquellos con aquel. Terminó en una orgía de veinte personas donde ninguno de los agujeros de los participantes quedó sin ser profanado de un modo u otro. Al final, la gente empezó a vestirse, a buscar otra cerveza, a abrir las ventanas para aliviar el aire viciado; algunos a platicar en algún rincón. Fernando, el anfitrión de la fiesta, aún sin creer lo que había sucedido, fue al baño. La luz estaba encendida, tocó y nadie respondió. Así que abrió. Sentado sobre la taza, fumando, estaba un ser exacto a un diablito de lotería, pero verde como un chile serrano. Colgado sobre el toallero estaba un traje como de buzo, aunque más bien se podría decir que era un disfraz de persona. De hecho, un disfraz de la chica que había venido a la fiesta y nadie conocía. El demonio le guiñó un ojo y sonrió.

Fernando corrió a la sala y sus gritos se mezclaron con los gritos que se escuchaban ahí. Cuando encontró a sus amigos, estaban todos tumbados sobre el piso o los muebles, con sus vientres abultados, verdosos. Gritaban desaforadamente. Él también empezó a sentir cómo su vientre se abultaba mientras que a los demás sus estómagos se reventaban y emergían pequeños diablitos verdes.

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¿Quieres sentir miedo?
Ese ruido en el pasillo es madera que cruje.
Esa ventana se rompió por el ventarrón.
Esa obscuridad súbita es un apagón.
¿Dónde está la razón para que tengas miedo?
Pues quien te dice esto no es tu conciencia y estoy detrás de ti.

La guadaña silenció su labor. Los esqueletos descarnados retornaron a su osario y todos los restantes se esfumaron cuando, detrás del carro triunfal, una voz autoritaria exclamó:
– Y bueno, muy apocalíptico y todo, pero ¿quién va a recoger todo esto?